sábado

Respiré hondo y toqué el timbre

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Comencé mi marcha por la senda que bordea el río, uno de los caminos que llevaban a tu casa. Mientras caminaba, recordaba cómo hace años, corría, bajaba y subía las cuestas; feliz, porque sabía que cuando llegara estarías esperándome con el café caliente que me parecía delicioso.

Yo te llevaba esas baguettes que tanto te gustaban, recordas?. Las compraba en un negocio que todavía está allí, con sus tortas enormes y sus ricos panes con semillas de centeno que exaltaban su aroma a una cuadra de distancia.

¡ Hay cosas tan curiosas entre dos personas que han vivido tan felices!. Me alejé de la senda y entre en la oscuridad. Comenzaba el otoño y las hojas de los arboles se amontonaban en las veredas. Yo las arrastraba con los pies como una...solo pensaba que iba a verte. Iba a ser la última vez. Me hablaste y me dijiste que me tenías que pedir perdón y yo me preguntaba si en las personas que me habían amado tanto; existía esa palabra: "perdón".

Crucé por la esquina. Podía sentarse, esperar o fumar un cigarrillo. Sentía mi boca seca. Parecía naufraga. Uno niños jugaban en la vereda y se oía el tintineo de los timbres de las bicicletas. Estaba exhausta, mareada y débil por la caminata.

Subía después de vos, nada seguirá igual.

Iba a terminar un ciclo de mi vida, comenzaría el ciclo de los recuerdos.

Llegué a tu casa. Todavía el manzano silvestre que nos gustaba tanto, estaba en la entrada, aunque un tanto raquítico.

Respiré hondo y toqué el timbre, pero el timbre no sonó. Sin embargo desde adentro se abrió la puerta enseguida y en silencio me dirigí hacia donde yo sabía que estabas.

Me paré frente a vos. Vi tu pelo encanecido. Tu brazo inmóvil, sobre las almohadas de la cama. tus ojos que largamente me miraban y ese olor profundo, entre las medicinas y la colonia inglesa.

No hubo palabras, no fueron necesarias. Solo vos y yo, y ese largo amor que todavía continuaba.

Fue un minuto, nos estábamos diciendo adiós, sin ningún rencor porque el amor estaba ahí intacto. Acaricié tus manos tan queridas y dirigí otra vez los pasos hacia la puerta del frente. El silencio había puesto el final a nuestra vida juntos.

Comencé mi retorno por la calle angosta, abroché el abrigo pues ya empezaba a soplar el viento del atardecer. Apresuré los pasos y llegaron las lágrimas, el sollozo y un nombre. Pensé: el perdón no existe entre los que se aman. Me gustaría acostarme a dormir, no despertarme hasta que el manzano vuelva a florecer.

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Cristina
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